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Katherine Decenas
4 min de lectura
Tengo ansiedad y soy cristiano: ¿Cómo podría estar endemoniado?
Katherine DecenasSentir opresión en el pecho, taquicardia, y falta de aire y un terror inexplicable mientras estás en medio de una actividad no refiere necesariamente que seas un mal cristiano , y definitivamente no siempre significa que tengas un demonio adentro.
Durante generaciones, en muchos de nuestros círculos eclesiásticos se ha manejado una fórmula dañina y simplista: si tienes paz amas a Dios y estás en santidad; si tienes ansiedad, te falta fe, estás en pecado oculto o tienes una influencia demoníaca que necesita ser expulsada a gritos. Es momento de hablar claro: confundir un fallo en la química cerebral o una programación del cerebro debido a eventos traumáticos con una posesión demoniaca es una falta de responsabilidad en el liderazgo espiritual.
El cerebro también se enferma.
La Organización Mundial de la Salud estima que más del 4% de la población mundial vive con trastornos de ansiedad (más de 300 millones de personas). Las neurociencias han demostrado repetidamente que los trastornos de ansiedad implican una hiperreactividad de la amígdala cerebral, alteraciones en el eje hipotálamo-hipofisario-adrenal (HPA) y desbalances en neurotransmisores esenciales como el GABA y la serotonina.
Tu cerebro es un órgano biológico, exactamente igual que tus pulmones o tu páncreas.
Si a un diabético se le desregula la insulina, nadie le dice que está endemoniado; se le administra tratamiento médico de inmediato y se le dan herramientas para modificar su estilo de vida. ¿Por qué alguien con ansiedad no podría recibir el mismo apoyo integral?
Cuando a un creyente se le desregula el sistema de alerta biológica y el cortisol satura su cuerpo, no necesita un exorcismo o una liberación demoniaca en el 100% de los casos (aunque muchos reportan haber sido libres después de esta ministración); sin embargo, muchas veces lo que necesitan es entender su fisiología, acudir a terapia para trabajar sus temores o traumas escondidos y, si es clínicamente necesario, recibir medicación con un buen psiquiatra.
Culpar espiritualmente a alguien que sufre un ataque de pánico no solo es ignorancia, es una crueldad vestida de espiritualidad.
La Biblia nunca enmascaró la vulnerabilidad humana. El complejo del liderazgo de hoy al estilo “Tortuga Ninja”, siempre escondiéndose detrás de su disfraz de fuerza y perfección, eso sí es un precipitante y mantenedor de los síntomas de ansiedad así cómo depresión.
El dolor psicológico no excluye la presencia del Espíritu Santo. Grandes hombres de Dios en las Escrituras experimentaron angustias que hoy clasificarían clínicamente como cuadros de depresión o ansiedad severa, sin que Dios los llamara jamás poseídos o incrédulos.
David lo plasmó así:
“Oh Señor, ¿hasta cuándo te olvidarás de mí? ¿Será para siempre? ¿Hasta cuándo mirarás hacia otro lado? ¿Hasta cuándo tendré que luchar con angustia en mi alma, con tristeza en mi corazón día tras día? ¿Hasta cuándo mi enemigo seguirá dominándome? Vuélvete hacia mí y contéstame, ¡oh Señor mi Dios!Devuélvele el brillo a mis ojos, o moriré.?» — Salmo 13:1-3 (NTV)
El profeta Elías, justo después de un triunfo espiritual histórico contra los 400 profetas de Baal y su líder Jezabel, colapsó bajo un ataque de miedo y desesperanza hasta desear la muerte (1 Reyes 19).
La respuesta de Dios no fue reprender al diablo: mandó a un ángel a darle comida y lo puso a dormir. Dios reconoció el colapso físico y mental antes de cualquier otra cosa.
Incluso Jesús, en Getsemaní, experimentó una agonía emocional tan extrema que la Biblia describe que su sudor era como grandes gotas de sangre (Lucas 22:44), un fenómeno médico conocido hoy como hematidrosis, provocado por niveles extremos de estrés agudo.
La Fe, la psicología alineada a la Palabra y la medicina no son enemigas.
El apóstol Pablo escribió en Filipenses 4:6 NVI “No se preocupen por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias.”
Con frecuencia este versículo se lanza cómo un disparo a la cabeza en contra del que sufre ansiedad: «¡Ves, la Biblia dice que pecas si estás preocupado!».
Pablo no estaba emitiendo una condena legalista ni redactando un diagnóstico psiquiátrico; estaba extendiendo una invitación pastoral al consuelo para una comunidad perseguida. Orar y buscar a Dios es vital para el alma, pero la oración no anula la necesidad de tratamiento médico cuando es necesario, del mismo modo que orar por una pierna rota no sustituye el yeso.
Si amas a Dios con todo tu corazón pero tus pensamientos se aceleran, tu cuerpo tiembla y el miedo te paraliza sin motivo aparente, escucha esto:
- No eres un fraude espiritual.
- No estás poseído ni habitado por demonios.
Tu cuerpo está enviando una señal de socorro biológica o psicológicamente que merece atención espiritual y profesional.
Dios no te mira con desprecio cuando tienes un ataque de pánico; te sostiene en medio de él. Acude a la presencia de Dios por consuelo y fortaleza, y acude al psicólogo o al psiquiatra por las herramientas que la ciencia, bajo la soberanía divina, ha puesto a nuestro alcance.
Amar a Jesús y tomar terapia no son caminos opuestos: son dos formas de cuidar con madurez el templo que Dios te entregó.
Si está sufriendo hoy de ansiedad, mientras buscas el apoyo necesario, quiero felicitarte por ser una persona de guerra, porque no existe nada más aterrador que luchar contra tu propiamente todos los días.
Te abrazo a distancia. Con amor, tu psicóloga,
Katherine Decena

Escrito por
Katherine Decenas
Psicóloga clínica y fundadora de PsicoBiblia. Integra la psicoterapia profesional con la fe cristiana para acompañar procesos de sanidad integral.
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